18 octubre 2009

Viaje, carretera y paisaje, de Steinbeck a Kerouac. Fotógrafos americanos del siglo XX



El siglo XX, "el gran siglo", es, desde nuestra perspectiva, un siglo tanto vivido como imaginado. Vivido, porque la intensidad y velocidad de los sucesos históricos y sociales ha sido tal que una persona nacida en cualquier década del mismo, ha tenido la oportunidad, o la desgracia, de vivir hechos trascendentales para nuestra historia. E imaginado, porque el desarrollo de la cultura, popular y elitista, a través del arte, la literatura o el cine, nos ha permitido, además, vivir de otra manera aquellos acontecimientos en los que no participamos, para hacerlos nuestros y, de algún modo, permitirnos vivir el siglo XX como un presente eterno.

Si hay un periodo de la historia del siglo XX que ha sufrido este proceso de exportación reinventada a casi cada lugar del mundo, es el que va desde mediados de la década de los 20 hasta el final de la década de los sesenta, pero especialmente, hasta la muerte de Kennedy y los sucesos que cambiaron profundamente la sociedad americana y mundial. El cine, con la época dorada del cine negro, la música, con el auge del Blues y el Soul, pero sobre todo el Rock and Roll, y la literatura, con obras claves en la literatura americana y mundial desde Steinbeck a Kerouac, contribuyeron a que, lo que sucedió en aquellas décadas en ese "país - continente" nos sea conocido casi como si hubiese sido el nuestro (y a veces incluso mas).

Pero probablemente esa gran redifusión masiva de la cultura y la iconografía americana, y de sus avatares, tiene como origen iconográfico a la fotografía. Y, aunque durante este periodo hubo muchos y señalados fotógrafos, este periodo se puede trazar a partir de la obra de tres fotógrafos testigos y narradores de este periodo: Dorothea Lange, Walker Evans, y Robert Frank. La actual revisión, en forma de exposición temporal, del monumental trabajo del suizo Robert Frank, "The Americans", en el Metropolitan Museum, me parece una excelente excusa para revisar el imponente corpus iconográfico que, desde finales de los años 20, hasta mediados de los 50, construyeron fotógrafos como éstos, y otros que quedan para futuros artículos. Como poniendo imágenes a esa misma crónica de la sociedad estadounidense contemporánea que se traza en una línea directa que va desde el viaje de los desplazados narrado por Steinbeck en "Las uvas de la ira", hasta el viaje de la vida y la búsqueda de las emociones que cuenta Kerouac en "En el camino".

Dorothea Lange (1895 - 1965)

Dorothea Lange, es una de las fotógrafas más importantes y conocidas del siglo XX. La fotógrafa que trabajó con Steinbeck para "The San Francisco News" en sus reportajes "Los vagabundos de la Cosecha", en 1936, obra que sirvió al escritor como inspiración para su monumental "Las uvas de la ira". Su serie de fotografías a una demacrada mujer que emigraba desde el polvoriento medio-oeste americano hacia la presunta tierra prometida del sureste la célebre "Migrant Mother", con toda su polémica alrededor, se convirtió en la imagen predilecta de la "Gran Depresión", y todavía en nuestros días es una imagen recurrente de un periodo de escasez y desarraigo. Sus imágenes, en parte integradas en un proyecto del gobierno estadounidense para poner de relieve la tragedia de los desplazados del medio rural y dotar de dignidad a su situación, se convirtieron rápidamente en iconos de una parte de Estados Unidos que contrastaba radicalmente con el esplendor irreal de las grandes metrópolis o con la inalcanzable potencia industrial del noroeste y su Detroit, capital industrial del mundo... y origen de más de la mitad de los automóviles que lo recorrían.

En las obras de Lange, aparecen siempre en segundo plano, a veces como escenario y otras como actores secundarios, todos esos coches destartalados que los campesinos del medio oeste malcompraban para desplazarse a la "tierra prometida" californiana. Esos que Steinbeck retrataba de forma sórdida y hasta siniestra en el capítulo séptimo de "Las uvas de la ira". En las fotos de Lange, como en la obra de Steinbeck, el viaje es más una especie de maldición bíblica para los que deben abandonar sus tierras, cientos de familias Joad destinados a perder sus raíces en busca de un paraíso en la mayoría de los casos inexistente. La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos tiene una gran cantidad de fondos fotográficos sobre la fotógrafa americana, aunque recientemente, en Photoespaña, se ha podido ver una exposición sobre su trabajo durante la Gran Depresión titulada "Los Años Difíciles", que en la actualidad está expuesta en el Monasterio de Veruela, en Zaragoza, hasta el 1 de noviembre.

Parte del trabajo de Lange estaba englobado dentro de un programa del gobierno americano destinado a dignificar la figura de los emigrantes interiores de los campos del medio - oeste, y sobre todo a dar a conocer al resto de la nación, focalizada en Michigan y las costas y su opulento desarrollo, el problema humano que se daba en el medio rural. Viendo hoy las fotografías, se aprecia mucho más de documentación desalentadora que de dignificación, pero lo cierto es que en torno a la obra de Lange hay una permanente sombra de polémica acerca de la "autenticidad" de sus imágenes, especialmente de la propia "Migrant Mother". Sin embargo, desde el punto de vista de la iconografía del viaje, y de lo que significa en un país motorizado como el Estados Unidos de antes de la Segunda Guerra Mundial, quizá no haya una foto más imponente e influyente que la agónica carretera retratada en 1938 "The Road West". Una impactante fotografía sobre la que Robert Frank volvería casi veinte años más tarde.


El caso de Walker Evans es distinto al de Dorothea Lange, en lo que toca a la sintaxis visual del mito del viaje en la sociedad americana de la "pre" y "post" Segunda Guerra Mundial. Pese a que fotografió durante la misma aciaga década de los años 30, aunque en este caso con una obra en la que Nueva York tiene un gran protagonismo, Evans juega aquí el papel de enlace entre dos generaciones de fotógrafos, pero sobre todo no tanto por la edad como por el mundo que han de retratar. Walker Evans es uno de los primeros grandes "capturadores de imágenes", que consiguen crear obras de arte desde escenas absolutamente cotidianas y humildes. Un francotirador que a base de escenas capturadas en el momento exacto, o de ver imágenes donde nadie las veía antes, consiguió dar una vuelta de tuerca relevante al lenguaje fotográfico del momento.

Si bien en Evans el automóvil no forma parte esencial de su lenguaje ni de su universo, la nueva forma de entender la fotografía serviría a su discípulo aventajado, Robert Frank, para componer su titánica obra "The americans". No obstante, tengo predilección por una fotografía de Evans, de las muchas conservadas en su archivo propieda del Metropolitan Museum. Una interminable fila de coches aparcados en la calle principal de Saratoga Springs, Nueva York, en un lluvioso día. Una sucesión de impecable coches oscuros como esperando a encontrar dueño. El año, 1931. El perfecto contrapunto para una realidad que poco más tarde retrataría Lange en el otro extremo del país, con los polvorientos coches de los emigrantes. Contrapunto o paradoja, la foto de Evans es una de las imprescindibles del siglo XX.


Recientemente, la Fundación Mapfre organizó en Madrid una exposición antológica sobre Walker Evans, que pudo verse entre enero y marzo de este año, pero no son extrañas las exposiciones que rescatan la obra de este fotógrafo inevitable. El Metropolitan Museum, propietario de un enorme fondo procedente de su archivo personal, le dedicó una exposición antológica en 2000.


Robert Frank, nacido en Zurich pero emigrado a Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, fue un discípulo aventajado de Walker Evans, gracias al cual obtuvo en 1955 una beca Guggenheim para hacer un trabajo fotográfico que retratase a la sociedad americana del momento. Frank, un inmigrante judío, viajó alrededor de Estados Unidos, en ocasiones con su propia familia, realizando un retrato, que en ocasiones resulta descarnado y duro, de este país de acogida que, por aquel tiempo, ya ejercía como imperio político y cultural en el resto del mundo. El despegue económico y social del "baby-boom"posterior a la guerra, el nacimiento de la clase media, y esos años '50 en los que el progreso y bienestar parecían no tener límites, son examinados al detalle y de manera crítica y sin tapujos por parte de este fotógrafo. Pero sobre todo la relevancia de su trabajo es ser contemporáneo de la revolución "beat", y poner de algún modo imágenes a esa otra versión del mito americano del viaje, tan diferente de la que retrató Lange, que consagró Jack Kerouac en su novela "On the road", relatando sus viajes con Allen Ginsberg. Las fotos de Frank tienen la chispa espontánea y a veces furtiva del objetivo de Evans, pero en ocasiones la solemne capacidad documental de las de Lange. La furtiva fotografía de la muchacha ascensorista de Miami, parece evocar a las absortas imágenes del metro de Walker Evans, mientras que la conocida fotografía de la propia esposa e hijos del fotógrafo dormitando acurrucados en el interior de su coche al borde de una carretera de Texas, es una perfecta imágen para la actualización iconográfica del tema del viaje en la fotografía americana.

Cuando Frank publicó su libro, en 1959, fue duramente criticado por reflejar una imagen excesivamente dura y pesimista de la sociedad americana. Pero el prólogo se encontraba escrito por Jack Kerouac, a quien Frank se había presentado para proponérselo. Kerouac le presentó tambien Allen Ginsberg, su compañero de aventuras. La obra de Frank no sólo ha resistido el tiempo de forma admirable, sino que, pasadas las críticas iniciales, es hoy en día no sólo un clásico de la fotografía de todos los tiempos, sino también un retrato magnífico de una sociedad americana de mediados de los años 50 que se debatía entre la construcción mítica del "sueño americano", y las vidas vacías de muchos de sus ciudadanos, envueltos en una dinámica social vacía y mecanizada. Y al tiempo, el retrato de un viaje que, si bien no es estrictamente una versión fotográfica del de Kerouac y Ginsberg, si que es un escenario magnífico para esta pequeña revolución cultural "beatnik", que fue el primer y tímido movimiento de todo lo que sucedería en la segunda mitad de la década de los sesenta en la rígida y orgullosa sociedad americana.

Pero en la obra de Frank, hay una fotografía impactante que, de algún modo, cierra el círculo con la Gran Depresión y las obras de Lange y Steinbeck. Una ardiente e interminable recta de una carretera perdida en Nuevo México, por la que un único coche transita en todo lo que alcanza la vista. Una recta interminable que inevitablemente remite a la recta que en la foto de Dorothea Lange dirigía al oeste. Un símbolo idéntico, para una nueva sintaxis del mito del viaje, diferente a la de las angustiosas emigraciones de la década de los 30, pero en el fondo complementaria. Dos fotos iguales que al mismo tiempo suman y se contrarrestan de manera imponente, simbólica, y sobre todo, desasosegante.

Dos fotos a las que quizá falte una tercera imagen, en una última, aterradora y paralizante versión del mito del viaje en su versión americana: la de la novela "La carretera", de Cormac Mcarthy. Pero eso, aún esta por ver.

De momento, el Metropolitan Museum de Nueva York acoge una exposición itinerante, que ya pasó por San Francisco y Washington, dedicada al 50 aniversario de la publicación de "The americans", y que estará visitable hasta el 3 de enero.

2 comentarios:

aNiCa dijo...

Muy muy interesante el artículo, de verdad.
Felicidades por el aniversario del blog,siento no haber escrito antes.
Ahora estoy leyendo Nocilla Dream y también hay algo de esos viajes por la América profunda a través de carreteras solitarias.
Besos.

Luis Miguel dijo...

Muchas gracias por comentar Ana, me alegro mucho de saber de tí, y gracias también por las felicitaciones, aunque cumplir años es una cosa que tiene un mérito relativo, que sólo se puede medir en función de cómo hemos empleado ese tiempo.

El tema del viaje es inagotable, calcula cuantas vueltas le hemos dado desde Odiseo y Gilgamesh, y ahi seguimos, pero creo que aún le daré alguna vuelta más en alguna ocasión.

Por ejemplo, el propio Montero Glez, no traga a los beatniks, a los que califica de vendedores de humo, y dice que en puridad el primer beatnik fue Cela con su "Viaje a la Alcarria", y Kerouac y los otros no hicieron más que copiarle. Si es verdad o no, importan menos que lo divertida y provocadora que es esta visión.

Saludos, a ver cuando nos vemos con unas cañas de por medio