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Pero también hay docenas de vídeos de aficionados y no tan aficionados sobre la carrera. Sin ir más lejos, desde Audi Forum Madrid todos los años organizan un viaje a Le Mans, y ellos también tienen su propio vídeo.




Hoy hace 45 años que se estrenó una película que cambió para siempre la forma que tenemos de ver las carreras de coches. El 21 de dicembre de 1966 se pasaba en pantallas por primera vez “Grand Prix”, una epopeya sobre las carreras de Fórmula 1 firmada por un joven director, John Frankenheimer, cuyo uso de la cámara en las secuencias de acción le permitió acuñar su propio sello. Una producción que, en sus primeros minutos, deslumbraba por el ingenio de Saul Bass, afamado diseñador y creador de secuencias de apertura y títulos de crédito. Una película que, desde el cine, planteo la forma más plástica de rodar una carrera de coche, adelantando con precisión el modo en el que un día futuro (hoy, por ejemplo) se retransmitirían en directo las carreras de coches.
“Grand Prix” no tiene quizá el impacto sobre la cultura popular que tuvo algunos años más tarde “Le Mans”, una película en cambio de calidad muy inferior, pero sostenida por la icónica presencia de Steve McQueen. “Le Mans”, que en estas fechas cumple también 40 años adolece de una práctica ausencia de dirección (la espantada de John Sturges en medio del rodaje da idea de la tensión que se vivió en él), mientras que “Grand Prix” es un afinado mecanismo cinematográfico que atrapa y entretiene al espectador. Si “Le Mans” fue un semillero de influencia de todo tipo para la cultura popular, “Grand Prix” plantó los cimientos de la cultura audiovisual de las carreras para el siguiente medio siglo. “Grand Prix” es una película rodada con el máximo verismo posible a la hora de representar las secuencias de carreras, hasta el punto de que mezcla imágenes reales de la temporada 1965 con secuencias rodadas por especialistas en el mismo circuito y el mismo día de las carreras del Mundial de Fórmula1, sólo que unas horas antes de las mismas, y con coches de Fórmula3 carrozados como F1. En la misma película aparecen interpretando a pilotos (aunque no con sus propios nombres) corredores de talla histórica, como Graham Hill, o Phil Hill, pero también vemos a leyendas como Bruce McLaren, Jack Brabham, Bob Bondurant o Lorenzo Bandini, quien moriría al año siguiente del estreno de la película en un terrible accidente en el Gran Premio de Mónaco.
Uno de los aspectos más relevantes de “Grand Prix” es su secuencia de apertura y el diseño de los títulos de crédito por parte de Saul Bass. Aunque llevaba trabajando desde mediados de los años 50 como diseñador de títulos de crédito, en ocasiones en películas tan relevantes como “La tentación vive arriba”, “La vuelta al mundo en 80 días” o “Trapecio”, Bass dio un salto de calidad en su carrera al comenzar a trabajar con Hitchcock en dos de sus películas fundamentales, “Vertigo” y “Psicosis”, de cuya colaboración saldrían ambos reforzados. El estilo inconfundible de los créditos de Bass, que poco después trabajaría en la importante “West Side Story”, era a finales de los años 60 sinónimo de calidad y éxito, hasta el punto de crear escuela. Por eso Frankenheimer le incorporó a su equipo para el rodaje de su epopeya automovilística. La secuencia inicial, con las imágenes multiplicándose y repitiéndose una y otra vez, y componiendo una pequeña sinfonía con los sonidos de una parrilla de Fórmula 1 (la del Gran Premio de Mónaco) es, aún hoy, de una modernidad y elegancia intemporales y difíciles de superar.
“Grand Prix” tiene otro aspecto de interés para los aficionados a la competición automovilísitica: el de las secuencias rodadas en antiguos circuitos de la Fórmula 1. En algunos casos se trata de circuitos en los que aún corre el gran circo del motor, pero que han cambiado sustancialmente desde la década de los 60. Contemplar a los monoplaza recorriendo el trazado de Mónaco, que apenas ha cambiado,resulta muy atractivo. Pero verlos recorrer el legendario Spa – Francorchamps, más largo y rápido que el actual, y también más peligroso, y sobre todo rugiendo por la impresionante parabólica inclinada del antiguo trazado de Monza (que aún se conserva en pie aunque los modernos F1 no corran por ella) es de una belleza y un simbolismo casi ritual. Por eso “Grand Prix” es un homenaje perpétuo a las carreras de coches.
Pero si en algo, en mi opinión “Grand Prix” es una película esencial en la historia de la competición automovilística es precisamente en el lenguaje cinematográfico aplicado a las carreras. La forma en que están rodadas las secuencias de competición de la película resultó en su día absolutamente moderna e innovadora. La sucesión de planos del exterior y el interior de los vehículos, encuadres cortos de los pilotos mientras manejan el volante, cámaras a ras de suelo que enfocan al coche de detrás, planos de las ruedas en movimiento... todo ello imprime a esas secuencias un ritmo visual mucho más elevado que el que una carrera tiene de por sí. Se podría decir que en “Grand Prix” se vio por primera vez cómo se iban a concebir las carreras modernas, y Frankenheimer mostró que, por encima del lenguaje épico de las carreras en directo se podía superponer el lenguaje audiovisual que acrecentaba al otro de manera exponencial.
La secuencia de inicio de la película con las primeras vueltas del Gran Premio de Mónaco están rodadas prácticamente del mismo modo que se realiza una retransmisión de Fórmula 1 hoy en día en televisión. Abundancia de planos subjetivos de los directores de equipo, en ocasiones planos de sus ojos mirando fijamente a los bólidos, imágenes cercanas de las mecánicas, algún destello del público en la grada, planos aéreos... Todo eso es común a la película de Frankenheimer y a las retransmisiones actuales, y eso no se había visto nunca hasta ese momento en el cine, pero tampoco en ninguna clase de documentación sobre las carreras, que se rodaban de un modo estático y monocorde. Una de las razones evidentes para que no se pudiesen filmar carreras de este modo es que los equipos de rodaje eran de gran tamaño en la época y restaban eficiencia a los coches si se instalaban en los mismos. Décadas más tarde, cuando la técnica permitió instalar las microcámaras en los coches sin mermar su rendimiento, los planos que los realizadores comenzaron a producir reproducían en ocasiones con gran fidelidad los encuadres de “Grand Prix”.
En resumen, se puede decir que hace 45 años “Grand Prix” no sólo planteo el que es probablemente el mejor ejemplo de cine dedicado a las carreras de coches. También, con el lenguaje visual de John Frankenheimer, puso la primera piedra de una nueva manera de ver las carreras, de la cual nuestras retransmisiones actuales son plenamente herederas.
Los héroes no son, probablemente, sino personas normales que se comportan de un modo excepcional en circunstancias excepcionales. En ocasiones, aquellos que aparentemente son un débil escalón frente a las adversidades, resultan convertirse en destacados cuando se trata de afrontar problemas inesperados.
En la Primera Guerra Mundial, el automóvil tuvo un papel secundario frente a, por ejemplo, la incipiente aviación. La Segunda Guerra Mundial fue, en cambio, un campo de pruebas para algunas de las tipologías de vehículos más reconocibles del siglo XX, y especialmente para los vehículos especializados en los terrenos y usos más duros. Hasta tal punto que tres de los coches más famosos de todos los tiempos nacieron con propósitos militares relacionados con la segunda gran guerra. Se trata del VW Typ 1 (Escarabajo) del ejército alemán, resultado de las investigaciones de diversos ingenieros como Ganz, Jaray o Ledwinka, aunque finalmente firmado por el Dr. Porsche (y embrión de los primeros coches construídos bajo su propia marca); el Jeep, creado tras una competición entre American Bantam y Willys Overland para el ejército estadounidense y bautizado como "General Purpose Vehicle" (de ahí la abreviatura GP, y su sonido "Jeep"); y el Land Rover de los hermanos Wilks, nacido en 1948 como un intento de mejorar el Jeep de Bantam para uso civil, y perpetuado hasta suplantar con el nombre de su marca el nombre común para "todoterreno".
Pero ninguno de los vehículos anteriormente descritos estaba introducido comercialmente a finales de los años '30, sino que se trataba de prototipos de exclusivo uso militar. Por esta razón, la movilidad de los civiles (y buena parte de los militares) durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo lugar con coches "no especializados", vehículos de toda clase, rápidos y lentos, lujosos y humildes, que se vieron envueltos en circunstancias especiales y fueron usados para, en ocasiones, algunas proezas que aún se recuerdan, y en otras desesperadas aventuras que acabaron de forma dramática.
La última película de Anthony Asquith, director entre otras de "Pigmalión" (1931 con Leslie Howard) o "El caso Browning" (1951, con James Redgreave), fue una producción al estilo de Hollywood con una gran cantidad de estrellas, en la que el hilo conductor era un Rolls Royce Phantom II de 1931. Con "El Rolls Royce amarillo" Asquith no creó una obra "de ensayo", recién llegado desde el Reino Unido a Hollywood donde dirigió a Liz Taylor y Richard Burton en "The VIP's", pero las historias que la película cuenta tienen como denominador común las contradicciones en las relaciones personales, así como un cierto escenario social en el que se pueden rastrear interesantes aspectos del periodo de entreguerras hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. La historia de un Rolls Royce Phantom II, un coche símbolo de estatus y alta sociedad, y las peripecias por las que pasa a lo largo de una década trascendental de la historia de Europa, sirven al director para plantear las paradojas y debilidades en las relaciones humanas, así como una visión romántica de la ausencia de barreras entre clases y del sentido del deber y la justicia.
La historia principal en torno al coche amarillo se desarrolla a comienzos de la segunda gran guerra, y es donde nos permite tener una visión del papel de los automóviles durante la contienda. Una adinerada americana, Gerda Millett (Ingrid Bergman), se encuentra en un viaje por Europa en marzo de 1941, y pronto se ve envuelta en una historia de intrigas relacionadas con la resistencia yugoslava. Davich (Omar Shariff), un lider del pueblo en el exilio, trata de cruzar la frontera entre Italia y Yugoslavia, empeño en el que utilizará a la americana para su causa. El Rolls amarillo y sus dispares ocupantes se verán entonces envueltos en una serie de aventuras en la que nada será lo que parezca, incluido el aristocrático coche inglés. En medio del bombardeo de Liubliana, Davich requisará el coche de Millett quien, a su vez, se implicará en la defensa del pueblo llena de una mezcla de orgullo y sentido común con una cierta vis cómica, encarnando un arquetipo de mujer heroica en la guerra, al estilo de Eleanor Roosevelt o la propia Isabel de Inglaterra. El coche, transportando guerrilleros al frente, se convertirá en un héroe de la guerra al igual que su conductora, en la lucha contra el ejército nazi.
La escapada de Bergman y Shariff a través de los duros caminos de los Alpes en su abnegado Rolls no es, sin embargo, un recurso meramente cinematográfico. A lo largo del siglo XX, particularmente hasta la Segunda Guerra Mundial, los coches particulares se convirtieron en improvisados vehículos militares o de servicio para los ejércitos. Docenas de fotografías de la Guerra Civil española documentan los camiones convertidos en carros blindados (particularmente en el bando republicano o en las diversas resistencias antifranquistas), montados con apenas cuatro restos de chapa para proteger a los ocupantes. Pero quizá el caso más famoso, y que se pone en contacto directo con "El Rolls Royce amarillo", de coches particulares usados de forma protagonista en tiempos de guerra es el de los taxis del Marne. Durante la Primera Guerra Mundial, cuando los alemanes se aproximaban con marcha firme a París, el gobernador de la ciudad, Gallieni, ordenó reunir todos los taxis de la misma (unos 600) para transportar a soldados y milicianos al frente. Se estima que la operación permitió llegar a la zona de Marne, donde se libraría una batalla decisiva por la libertad de la ciudad, a unos 6000 soldados que harían resistir a las líneas francesas frente a las embestidas del ejército germano. La victoria en la Batalla del Marne fue uno de los hechos bélicos decisivos de la Primera Guerra Mundial, y uno de los primeros casos de utilización masiva de transporte ligero motorizado en un conflicto bélico. Pero más que la historia del transporte militar, el episodio de los taxis del Marne y la cinematográfica escapada del Rolls Royce amarillo en la película, habla de una realidad en los conflictos bélicos de la primera mitad del siglo XX, que es la del coche como herramienta básica de supervivencia y gestión de los desastres. Los coches particulares, poco evolucionados y fiables mecánicamente pero, por la misma razón, simples y más resistentes al trato duro que los coches de hoy en día, se convirtieron en protagonistas anónimos de desplazamientos, huidas y estrategias durante las contiendas, pero especialmente durante la Segunda Guerra Mundial, en la que se ambienta la película.
* Artículo escrito y publicado en el número 24 de la revista Laberintos, editada por profesores del IES Elaios de Zaragoza
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Heroes are probably just common people with exceptional attitudes in exceptional circumstances. Sometimes, those who seem to be just a weak chainstay for the adversity, turn to become the most highlighted when it deals about facing unexpected problems.
In WWI, cars had a secondary role in front of, for example, the early aviation. But WWII was different, and it became a test track for some of most important the cars typologies of the Xxth century, specially those developed for the tougher duties and terrains. To the point that three of the most famous cars in history were born for military purposes related with the Second World War. They are the VW Typ1 (Beetle) of the german army, built with the researches of several engineers, such as Ganz, Jaray or Ledwinka, but finally signed by Dr. Porsche (and the very granfather of the first cars built for his own brand); the Jeep, built after a competition between American Bantam and Willys Overland for the US army and called "General Purpose Vehicle" and there its nick GP and its sound "Jeep"; and the Wilks' brothers Land Rover, born in 1948 as a try to improve the Bantam Jeep, and becoming so old and important as to replace the name "all terrain vehicle" with his "Landrover".
But none of those vehicle referred were present in the market in the late thirties, but they were army prototypes. For this reason, civil population mobility (and a part of army soldiers too) during WWII had to be arranged on not-specialized vehicles, every kind of car, fast and slow, humble and luxurious, that were involved into very special circumstances and used for some feats still in the memory, and sometimes for desperate tragic ended adventures.
The last movie Anthony Asquith directed, after having filmed "Pigmalion" (1938 with Leslie Howard) or "Browning version" (1951 with James Redgreave), was a very "hollywood-like" movie with a lot of stars in which the main item was a yellow 1931 Rolls Royce Phantom II. With "The Yellow Rolls Royce "The Yellow Rolls Royce" Asquith didn't created a very thoughtful and insightful movie, as he was right landed from the UK and had just filmed "The VIP's" with Richard Burton and Liz Taylor, but the stories the movie shows have some common features such as contradictions in private relationships, and a certain social scenario where you can see some aspects of the interwar period. The story of the Rolls Royce, a car which is a symbol of status and high society, and the adventures it takes along a key decade of Europe's history help the director for showing the paradox and weaknesess in human relationships as well as a certainly romantic view of the absence of barriers between social classes and the sense of duty and justice.
The main story around the yellow car develops around the start of WWII and shows the role of cars in that war. A wealthy american, Gerda Millett (Ingrid Bergman) starts a trip around Europe in March 1941, and she soon gets involved in some intrigues dealing with yugoslavian people's army. Davich (Omar Shariff), an exiled people's leader, tries to cross the frontier between Italy and Yugoslavia to get back in the country, and on that purpose he'll get advantage of Miss Millet's car. The Rolls and his heterogeneous passengers will soon be involved in a series of adventures in which nothing seems to be what it seems, including the aristocratic english car. In the middle of Liubliana's bombing, Davich indents Millet's car who, at the same time, will get deeply involved in the people's defense with a curious mix of pride and common sense with some comical flashes, incarnating the role of a heroic woman during the war, very Eleanor Roosevelt' like or even Elisabeth of England. The car, taking fighters to the battlefield driven by the woman, will become a war hero as well as she will, fighting the Nazi army.
Bergman and Shariff's getaway across the tough Alps gravel roads in their selfless Rolls is not, by chance, a cinema remedy. Along the Xxth century, specially until WWII, private cars became improvised military vehicles, or service machinery for the armies. Dozens of pictures of the Spanish War show lots of trucks (specially in the republican side) turned into sort of tanks by being covered with a few metal sheets as an armor. But maybe the most famous case of private cars used in a highlighted way during war times, and it gets in touch with "The Yellow Rolls Royce", is the story of the Marne's Taxis. Duiring WWI, when the german army was heading and getting very close to Paris, city gobernor, Gallieni, ordered to gather every taxi in it (around 600) in order to use them to take fighters to the battlefield of Marne, where a key battle was to be fougth. They took around 6000 soldiers to Marne, and that led the french army to the victory, preventing the germans from taking Paris. That victory was a main fact in WWI, and one of the very first cases of massive light automobile use during war times. But beyond military transport history, the episode of the Marne's taxis and the cinema reflection in "The yellow Rolls Royce", talks about a fact in wars in the first half of Xxth century, the use of private cars as a basic tool for survival of the civil population and disasters management. This private cars, little technological and mechanically reliable but, for the same reason, very simple and resistant to tough use than nowadays cars, became starring roles in anonymous trips, getaways and strategies during the wars, but specially during WWII, in which the film happens.
* Article written and published in the issue nº 24 of Laberintos' magazine, published by the teachers of the IES Elaios, in Zaragoza
(See english text below)
En este año he encontrado el sentido de mi existencia varias veces, y en todas ellas, con la misma meridiana nitidez he visto que mi objetivo en la tierra era... completamente distinto al anterior. Lo sentí con claridad cuando, en Mayo, me planté delante de la colección de BMW Art Cars en la parte alta del Museo BMW en Munich. Con la misma impactante emoción que había sentido un par de días antes al agacharme frente al afilado morro del Porsche 917 decorado con los colores de Gulf en el Museo Porsche o que sentí el pasado septiembre, recorriendo el Salón de Frankfurt recopilando información y entrevistando a gente importante del mundo del automóvil. Y lo he sentido otras cuantas veces más sin que tenga que ver con coches, pero esas no se pueden contar. El caso es que seguramente no ha habido una experiencia tan emocionante y gratificante (de las que tengan que ver con coches) como la que vivi el pasado 2 de noviembre girando en el Jarama con el Jaguar XF...
Sencillamente rellené el cupón de una promoción de Jaguar que salía en la revista Automóvil, como acostumbro a hacer con esta clase de cosas. "Si no lo envío seguro que no me llaman", me digo, aunque sin demasiada fe. Pero días más tarde, una llamada me cogió por sorpresa "Le llamamos de Jaguar y nos ponemos en contacto con usted para que nos dijese si le interesaría probar un XF en el Jarama..." ¿¡¿Como que si quiero?!?! ¡¡POR SUPUESTO!! Así que el miercoles día 2 allí andábamos, camino de Madrid para un encuentro fabuloso, porque al hecho de rodar con un coche tan atractivo (sin saber muy bien en qué iba a consistir la cosa) se sumaba el de pisar, por primera vez, el Jarama.Y ninguna de las dos cosas defraudó.
Aunque amenazaba lluvia, apenas cuatro gotas cayeron antes de que, a las 12:30 según el horario más o menos previsto, la gente de la organización (Automóvil En Marcha y Jaguar hicieron un evento de lo más agradable) nos reclamase para iniciar el Test Drive. Unas palabras de presentación del acto y del vehículo por Juan Ignacio Eguiara (subdirector de Automóvil) y a los coches. ¡Tan pronto! no voy a decir que estaba nervioso porque no suelo anticipar demasiado los sentimientos, pero sí que tenía un poco de inquietud por ver cómo iba a ser la experiencia. Hasta que llegó nuestro turno. Carlos Enriquez de Salamanca, uno de los redactores y probadores de Automóvil nos dio una vuelta de muestra a los dos últimos de nuestro turno en el imponente 2.7 V6 S (275 Cv). Cuatro detalles técnicos sobre cómo entrar en las curvas y cómo se iba a desarrollar la conducción y... a la pista. Y ahí empezó todo de verdad. Enríquez nos dio una vuelta al circuito realmente rápida, enlazando curva tras curva con fluidez mientras iba dejando comentarios sobre cómo deberíamos abordarlas "Esta es de doble radio, mejor al principio apuntar al cartel del fondo, para luego girar todo...". Bien que el lo dijese todo, porque a nosotros no nos salían muchas palabras, y si alguna risa floja... ¡¡PERO COMO CORRE ESTO!! No me conozco bien el trazado del Jarama, aunque en mi cabeza estaba la forma y las curvas más relevantes. El Siete, Pegaso (Le Mans), Bugatti... pero rodar en ellas de verdad es muy distinto. De hecho, para mi era la primera vez que rodaba en un circuito, aunque fuera como pasajero, y la experiencia no decepcionaba. Completamos la vuelta, y llegó la hora de la verdad, la de pasarse al coche de detrás y salir a rodar y disfrutar del coche, del circuito y del momento. El XF es una berlina bastante lujosa. Cuero, reglajes eléctricos, imponente salpicadero. Mientras me acomodaba y cogía la posición correcta pensaba que si Carlos Enriquez con el 275 Cv había girado a ese ritmo sería raro que yo con el 190 Cv y en un tren de coches le encontrase las cosquillas al coche, así que me decidí a disfrutar sin demasiados reparos. Y a partir de ahí, todo sucedió, paradójicamente, como a cámara lenta.
Siempre había pensado (muchas veces desde la teoría) que la conducción tiene algo de rítmico, de coreográfico. Si se quiere de matemático. Se trata de acompasar ritmos, particularmente al dar vueltas a un circuito, en el que las curvas y los ángulos de giro se repiten insistentemente. Cada vez que se corta gas al entrar a un giro se está dibujando una nueva nota, un silencio en la partitura, que se vuelve a reanudar cuando pisamos a fondo, guiando el coche por una línea que es resultado de la nota que hemos puesto a salir de la curva, y que nos lleva hasta el siguiente silencio. Y asi se va hilvanando una sinfonía que incluye el atronador sonido de viento del motor soplando a pleno pulmón, la percusión de los timbales cuando frenamos al entrar a la curva, y los aleteos de los violines y clarinetes cuando corregimos con el volante para ganar unos metros en aceleración. Sólo necesité diez segundos en el Jarama para que toda esa teoría se confirmase punto por punto, y me dedicase a componer durante tres vueltas maravillosas.
"¡La subida es a fondo!" Se oye por el walkie la voz de Carlos, y hago un poco la goma para dejarme espacio con el coche de delante y atacar la curva con el pie abajo. Me pego al piano sin llegar a tocarlo con el gas a tope y sujetando el volante con suavidad porque el coche es buenísimo. Corono la subida y me quedo a un par de metros del piano de la derecha, señal de que no he pasado suficientemente deprisa, pero la sensación es igualmente fabulosa. Mi padre y yo aullamos de emoción, y no nos hizo falta decir mucho más. Comienzo a bajar en una de esas frenadas con cambio de apoyo que tanto me gustan y que el XF pasa (al ritmo que lo llevo) con estabilidad imperturbable. Pero además esas curvas no son dos curvas cualquiera. No son las de mi puerto de Cotefablo, tan hermoso y cambiante. Esas curvas se llaman Ascari y Portago. Y abren la puerta a una bajada demencial que termina en una curva mítica llamada Bugatti. Al final de la primera vuelta me siento como si tuviese dos cerebros: uno está concentrado en frenar tarde, acelerar pronto y no parar el coche demasiado, sin pegarse al coche de delante más de la cuenta. El otro se encuentra fascinado al pasar por las curvas: Nuvolari, Fangio, Varzi, Farina... el cambio automático del XF se retrasa un poco al pisar a fondo, pero aprendo a anticiparlo tanto que eso supone acercarme a veces al coche de delante hasta casi ver los ojos del conductor en el retrovisor interior.
El Jaguar es, sin duda, un coche fabuloso. Por ser un Jaguar y por ser moderno. Aplico sin contemplaciones todo el gas con el coche apoyado y la dirección girada y sale catapultado hacia delante sin hacer un mal gesto. "No es mucha caballería, sólo 190 Cv" comento en un tramo recto con mi padre, y entonces me viene a la cabeza la época no tan lejana en la que muchos deportivos rabiosos tenían 150... Uno sólo tiene que acelerar, frenar y dirigirlo, pero en el circuito se siente como un coche más ligero de lo que es, a menos al ritmo que giramos. Hago un poco la goma de nuevo en el último paso por la recta para dejarme espacio con el coche de delante y ver hasta donde llega el motor 2.2. A 170 km/h, poco más adelante de mitad de recta, he de pisar el freno para no adelantar al otro coche. Damos otra vuelta más, y de nuevo entramos en boxes en medio de un soplido de satisfacción. Al bajar me temblaban un poco las piernas,supongo que de la descarga de adrenalina, pero me sentía calmado y dispuesto a dar 30 vueltas más si hubiese hecho falta. De hecho con el consumo y depósito del XF 2.2d podría haber estado dando vueltas allí todo el día sin parar ni a comer.
No importaba que fuera un coche diésel, aunque ayudaba que fuese un gran coche y además un Jaguar. Pero el mero hecho de girar en un circuito como el Jarama fue un momento de máxima emoción y disfrute. Todas las teorías sobre la conducción, todas las leyendas del automovilismo, todas las lecturas acumuladas, todo, cobró sentido con el mero hecho de dar unas vueltas en un circuito que, aunque hace tiempo que vivió sus días más dorados, sigue siendo un escenario para la historia, con un trazado y unos desniveles imposibles hoy en día y que, precisamente por eso, lleva en su ADN el de la época dorada del automovilismo.
Por el camino, volviendo para Zaragoza, íbamos comentando los detalles del día y las sensaciones en el coche. Casi ni tan apenas hablamos de la prueba entre conos y la frenada sobre mojado. Cada vez que cerraba los ojos me venía a la cabeza, como en cámara lenta, el paso por la curva Le Mans, pegándome al piano gas a fondo, mientras el morro apuntaba al cielo... Y todo cobraba sentido.
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During this year, I found the meaning of life several times, and all those times I clearly saw with the same sharpness that my goal on earth was... completely different to each other. I felt that when, last may, I was staring at the BMW Art Cars in the high end of the BMW Museum in Munich. With the same shocking feeling that I had a two days before crouching in front of the sharp nose of the Porsche 917 with the legendary Gulf layout, or the same I felt last september wandering at the Frankfurt IAA grabbing information and chatting with main people in the automotive world. And had that feeling several more times with other stuff not dealing with the automotive thing, but that can't be written here. The fact is that I surely haven't had such a thrilling and rewarding experience (dealing with cars I mean...) as the one I had last november 2th driving the Jaguar XF around the old Jarama track in Madrid.
I simply filled a coupon for a draw Jaguar and the spanish magazine Automóvil had set in order to have a driving experience, as I use to do nearly everytime I see this kind of things. “if I don't fill it, no chance to have them calling me” I use to say to myself with not much expectations. But some days after I had a phone call “Hello, we're calling you from Jaguar Spain, and we're asking you about driving an XF around the Jarama circuit, would you be interested?” How come interested?!?! OF COURSE!!!. So, there I was that wednesday driving to Madrid before dawn for a gorgeous day, because it was about to offer no only the chance to drive such an attractive car, but also the fact of first ever driving around the legendary Jarama. And none of them were dissapointing.
It seemed like about to rain for the whole morning, and some drops fell before, at 12:30 as told, the staff of Jaguar and Automovil (which were kind and made a great event) collected us for the test drive. Some words from Juan Ignacio Eguiara, the magazine's director and... straight to the cars... That soon!. I won't tell I was getting nervous because I don't tend to anticipate feelings, but I was curious on how the test would go. Finally, it was our turn. Carlos Enriquez de Salamanca, one of the journalists and testers of Automovil made a drove around the circuit with two of us showing us some tips about braking, turning etc on a 2.7l V6 diesel XF (275 hp). He was driving while chatting “This bend is a double radious one, so we better head to the billboards in the stands, then turn right all you can...” It was great that it was HIM talking, because I wasn't able to speak... Gosh, this is FAST!!! I didn't knew well the Jarama bends, but I had in mind the overall thing and the main ones. El Siete, Pegaso (Le Mans), Bugatti... but driving around them was far different. In fact, it was my first time on a circuit, even as a passenger, and the feelings weren't dissapointing at all. We drove back to pit lane and it was the time for truth. We stepped in the smaller 2.2 d (190 hp). It's a luxury car. Leather, electric seats, great dashboard with some very far away tree's wooden parts... While I was getting the right position at the seats and driving wheel I just thought “Hey, if this guy went flatout most of the time with the 275 Hp... this is going to be a flatout party!”. And then, it all happened... as in a slow motion camera, but fast... very.
I always thought (from theory most of the time), that driving have something to do with rythm, with coreography. With maths, if you want. It's about keeping a beat on, specially when driving around a circuit, in which bends repeat insistently turn after turn. Each time you cut the throttle when entering a corner, you're drawing a new note, a silence in the score, that resumes when you push the gas down again at the exit and heads you quick to the next silence. Thus you get to sew a symphony with the thunderous wind instrument of the engine blowing all its power, the percussion of the drums when you brake hard for the next bend, and the flutter of the clarinets and violins when you swing the driving wheel in order to get some more meters in acceleration. I only needed ten seconds in the Jarama to get all this theory confirmed point by point, and I focused to compose a symphony during three unforgettable laps.
Flat out on the ramp!” we hear Carlos' voice through the walkie-talkie, and I slightly let the car ahead go away so I can enter the ramped corner flatout. I pass tightly beside the inner curb without touching and softly grabbing the steering wheel because no matter how fast you attack the corner, this is a good car. We finally climb the left handed Le Mans reaching Pegaso and I realize I am a couple of yards away the right curb, which means I'm not being fast enough, but the sensations are gorgeous. My father and me howling inside the car, not much to say. I start to get down, getting to one of those lovely brakings in which you switch the weights of the car, and the XF, (at the pace I'm driving it) doesn't seem to have any trouble at that. But this aren't two regular bends. Not even those of my adored Cotefablo road, so beautiful and changing. Those are called Ascari and Portago. And they're the door to a mind blowing downhill that end in a myth corner called Bugatti. At the end of the first turn I feel like having two brains: one of them is focused on braking late, pushing the throttle soon and don't stop the car too much at the corners, without being too close to the car in front; the other one is fascinated of driving through bends called Nuvolari, Fangio, Varzi, Farina... the automatic gearbox of the XF gets a little late when you kick the throttle, but I soon learn to anticipate this lag by kicking even sooner, but that gets me as close to the car ahead that I can nearly see his driver's eyes on the inside mirror. This Jag is, without any doubt, a fabulous car. Because it's a Jaguar and because it's modern. I put all the gas in the middle of the corners with all the weight punishing the tyres and the steering wheel turned 90º, and the cars gets pushed forward as if I was getting off a regular streetlight without a single shake. “Not that much power, onlu 190 HP”, I say to my father in a straight section, and then I remember about the time in which the hottest hatches were in my dreams with only 150... You just have to accelerate, brake and softly turn the steeting wheel, but in the circuit you feel it lighter than it is, at least at the pace we drove it. I slightly swing back and forth so I can earn some meters with the car ahead and kick the pedal down and see how fast this 2.2 diesel XF gets. Around 105 mph and still in the middle of the finish straight I must release the gas if I don't want to overtake the car ahead (which the guys of Jaguar and Automovil highlighted was forbidden). One more turn and then back to the pit lane, having a long breath full of satisfaction. My legs were still trembling a bit as I stepped out of the car, I guess because of the adrenaline, but I felt really calm and ready to make 30 more turn if needed. Actually, with the fuel economy and the tank of this 2.2 XF I could have been driving around the circuit for the rest of the day without stopping.
Didn't mattered the fact that it wasn't a diesel, but it helped the fact that it was a good car and a Jaguar. But the experience of driving around an old legendary track such as Jarama was a really thrilling and unforgettable moment. Every theory about driving, every automobile legend, every reading... it all made sense after some turns in a track that is already far from the golden times but it's still a great scenery for history, with a rout and some slopes right impossible for modern tracks. And that means it's DNA comes from the golden age of motor racing.
On our way back to Zaragoza we talked and talked about the day's details and feelings. We didn't even talked about the slalom and wet braking test. Everytime I closed my eyes it came to my mind, as in slow motion, Le Mans bend, getting tight to the curb, flat out, while the car's nose was heading to the sky... and everything made sense