10 marzo 2009

El teatro Michigan de Detroit: auge y caída de un lugar sagrado


Los historiadores solemos hablar en ocasiones de "siglos largos" o "siglos cortos". Lo cual no deja de ser un modismo, para explicar que algunos siglos, desde el punto de vista cultural, no coinciden con las fechas que matemáticamente los inician y acaban, sino con hechos que hacen cambiar parte del mundo en aquel momento. Solemos decir que el siglo XVIII acaba en 1789 con la revolución francesa, o que el XIX termina en 1914 con la Primera Guerra Mundial. En nuestros días, estamos asistiendo a una de esas disfunciones matemáticas que, sin embargo, hacen la historia mucho más comprensible. Probablemente no es un disparate decir que el siglo XX, comenzó en 1913 con la instalación de la primera cadena de montaje en la planta de Ford en Highland Park, Detroit, y va a terminar en 2009 o 2010 con el derrumbe inevitable del gigante General Motors, también en Detroit, y un sistema de empresarial que ha marcado una época. Detroit ha sido, durante el siglo XX, quizá no la ciudad capital del mundo, que bien merece ese título New York, pero sí la ciudad en la cual se ha forjado buena parte de la historia económica del siglo, y que ha pasado de ser la ciudad admirada a ser un ídolo caído en menos de 100 años. Y todo ello, por ser la capital mundial del automóvil, el lugar donde ese modesto invento europeo, alcanzó la categoría de dios todopoderoso.

Detroit, que había sido un importante centro de industria siderometalurgica durante el siglo XIX, comenzó un importante despegue con la llegada del automóvil. En 1901, Ransom E. Olds (Oldsmobile) frabricaba 425 coches, y sólo dos años más tarde nacería Ford Motor Company. En torno 1920, unos 350 fabricantes producían coches en Detroit, y los trabajadores estadounidenses, sudamericanos y europeos que acudían a las factorías se contaban por decenas de miles, hasta alcanzar en 1919 75000 trabajadores, sin contar con el cinturon industrial en las localidades próximas en el que se encontraba, nada menos, la planta de Ford en Highland Park. Henry Ford prometía trabajo por 5 dólares al día, y en 1922, el Ford T salía de la planta por un coste de sólo 298 dólares, cumpliendo así el objetivo del patrón de "fabricar coches que sus obreros pudiesen comprar".

Tras la instalación de la cadena de montaje en 1913 en la fábrica de Ford, en 1916 Ford producía el 50 por ciento de todos los coches en Estados Unidos y el 40 por ciento de los de todo el mundo, y entre todos los fabricantes de Detroit producían el 78% de los coches fabricados en Estados Unidos. El dinero fluía de manera espectacular, y Detroit comenzaba a cambiar su nombre por el de "Motor City".

El espectacular auge de la industria en apenas dos décadas, trajo a Detroit dos consecuencias inevitables: por un lado un urbanismo desastroso y acelerado, en el que las barriadas de viviendas de trabajadores apenas estaban separadas del cinturón industrial, y en el que la necesidad de vivienda crecía a una velocidad mucho mayor que la capacidad para construirla; y por otro, una exhuberante riqueza que permitió que los ricos filántropos de la ciudad, dotasen a la misma de una inmensa cantidad de infraestructuras sin reparar en gastos: teatros, hospitales, parques, rascacielos, aparcamientos... aparte de un gran impacto sobre la arquitectura mundial. Los edificios de Albert Kahn para Ford impresionaron a los arquitectos europeos, como Le Corbusier o Mendelsohn, y años después el centro técnico de GM de Eero Saarinen se convertiría en una referencia de la arquitectura del movimiento moderno.


En esta vorágine de construcciones y riqueza, un grupo de ricos industriales de Detroit decidió financiar la construcción de un teatro. Una obra al más puro estilo europeizante, repleta de gusto francés, imitando el estilo del clasicismo renacentista y barroco del país galo. El teatro fue patrocinado por John Kunksy, un industrial del teatro, y se abrió como Teatro Michigan en 1926. El estudio de arquitectos Rapp & Rapp, especialistas en la construcción de teatros y responsables, entre otros del Paramount Theatre de Times Square, New York, se encargó del edificio, que pronto se convirtió en una referencia entre la inmensa cantidad de teatros que la ciudad de Detroit acogió en plena época dorada de la industria. Sin tener un apellido ilustre (como por ejemplo el Studebaker Theatre, construído en Chicago en 1885 cuando la marca fabricaba carruajes), el Michigan, por su elegancia se ganó un lugar especial en la ciudad, tanto por sus espectáculos de teatro como por sus proyecciones de cine.

Pero la vida del Teatro Michigan, fue azarosa como la de la ciudad. Después de ser vendido por Kunksy, el Michigan pasó por varias manos y algunas reformas, que se llevaron por ejemplo un inmenso órgano Würlitzer, y que trajeron en 1954 la instalación de una pantalla panorámica que destruyó parte de la caja escénica original de Rapp & Rapp. Sin embargo, la riqueza de Detroit, renacida con la militarización de sus plantas durante la Segunda Guerra Mundial, no duraría para siempre, y el inicio de su caída se llevaría por delante mucho de lo que se había construído durante su auge. En 1973, coincidiendo con la crisis del petróleo, el Michigan cerró definitivamente como teatro, convirtiéndose en un club, en el que artistas como Bowie o Iggy Pop dieron algunos de sus conciertos antes de que, en 1976, cerrase por completo.

Y con el cierre del Teatro Michigan, comienza la leyenda de su historia. Conocido hoy como Michigan Building, parte de los 13 pisos que lo componen siguen en uso como oficinas. Pero ¿Que pasó con el teatro?. Para que la respuesta a esa pregunta tenga todo el sentido, quizá es mejor que volvamos al principio.

En torno a 1890, Henry Ford investigaba en la construcción de coches, alentado por los éxitos de los alemanes Daimler y Benz, y sus réplicas en Estados Unidos. Ya en aquel momento el obstinado caracter de Ford le hacía pensar en que el automóvil debía ser un gran invento para su tiempo, tanto más cuanto se pudiese extender al mayor número de personas posible. En un garaje de Detroit, de la actual calle Bagley, Ford construyó su primer coche en 1892. El garaje donde se produjo el nacimiento del primer Ford, de las manos del hombre que cambiaría el destino de Detroit y Estados Unidos con sus ideas industriales, se ubicaba exactamente donde en 1926 se inauguró el Teatro Michigan, en la misma calle Bagley. Con la construcción del teatro, aquel taller se trasladó ladrillo a ladrillo al museo de Henry Ford, donde aún se encuentra. Así que aquel taller de la avenida Bagley, es el lugar del nacimiento de una época.

Y ¿qué pasó con el teatro? las paradojas que se dan en Detroit elevan la ciudad a la categoría de símbolo. La expansión de los años 20, la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, la época dorada de Estados Unidos, o la crisis del petróleo dejaron su huella sobre sus calles y habitantes. Y cómo no, el declive de los grandes fabricantes americanos, también lo dejó. En una ciudad deprimida, con barrios prácticamente deshabitados, y con una producción de coches externalizada y alejada cada vez más de la propia ciudad (y del país), el destino del Michigan es una parábola perfecta. En los años 80, se limpió por completo el interior del edificio, instalando varias plantas de hormigón, para convertirlo en un párking gratuito de coches. Eso, sin que desapareciera buena parte de la cubrición, la caja escénica, y la rica decoración que en los años 20 había adornado el edificio como muestra del poderío económico de la ciudad y sus importantes industriales.

La historia del Teatro Michigan parece una fábula pero es en realidad el más veraz de los relatos en torno a la historia del siglo XX y a una ciudad como Detroit. En el lugar donde nació el primer coche de Henry Ford, cuya decisión de instalar una cadena de montaje en su planta de Detroit en 1913 cambió la historia del país y de la industria, se construyó años más tarde un esplendoroso teatro. Convertida en objetivo de arquitectos de todo el mundo, Detroit aspiraba a competir algún día con Nueva York, con una inmensa cantidad de teatros y edificios singulares producto de una riqueza que parecía no tener fin. El estado de Michigan pareció ser el centro del mundo durante décadas, y tras la Segunda Guerra Mundial, era como si la Gran Depresión no hubiera existido, y en Detroit se visitaba como atracción la fábrica más grande del mundo, la planta que Ford construyó en River Rouge. Pero Detroit fue víctima del propio éxito del automóvil. Las necesidades de producción obligaron a mundializar las plantas, y la necesidad de trabajadores en la ciudad disminuyó tan rápido como había crecido en los años 10 y 20. El conflicto entre las zonas residenciales y el centro despoblado, típico de las ciudades estadounidenses en los años 60 y sobre todo 70, se elevó en Detroit a la categoría de desastre, y zonas enteras de la pujante ciudad comenzaron a quedar reducidas a ruinas. En el lugar donde había nacido el primer coche Ford, el exhuberante teatro de estilo francés de Kunksy se apagó, y quedó convertido en un simple párking, mostrando aún sus restos descarnados sobre los techos de los coches.



Hoy, una placa recuerda en el edificio Michigan que en ese lugar Ford construyó su primer coche. El teatro sigue siendo usado como párking, e incluso se visita dentro de algunas rutas turísticas que muestran las ruinas de Detroit. todo el dinero, los disparatados 5 millones de dólares de 1926, han quedado reducidos a la nada, y ni siquiera el caracter mítico del lugar salvan al edificio de una ruina anunciada.

El inminente desastre de la industria del automóvil de Estados Unidos amenaza con reducir Detroit a un estado más ruinoso aún. El Detroit real, y el Detroit virtual, que planta sus raíces en ciudades de toda norteamérica y Europa. El siglo XX acaba en el mismo lugar donde empezó, Henry Ford a construírlo, en un Detroit en ruinas donde los teatros se rellenan con los propios coches que ayudaron a construírlos, y los monumentos desaparecen sin remedio.

Lo hicísteis, malditos...

* Para conocer más acerca de Detroit y sus edificios singulares en ruinas:
Detroit Ruins (proyecto del fotógrafo Nicole Rork)
** Fuentes:
Kerr, J., "Trouble in Motor City", Autopia, Reaktionbooks, 2004
*** Fotos:
The Fabulous Detroit Ruins y Detroit Ruins

3 comentarios:

mecherete dijo...

yo tambien anduve estos dias viendo las ruinas de detroit...
ES FLIPANTE QUE TENGA LA MITAD DE POBLACION QUE EN 1950.

DIEGO

Anónimo dijo...

Aqui os mando lo último en diseño para el MINI: todo un alarde de imaginación... Agarraos, ¡una caravana! Se llama AirStream.
Aqui teneis más info:
http://www.minispace.com/es_es/projects/mini-airstream-republic-fritz-hansen/?utm_source=s_ja_51

Saludos

Anónimo dijo...

Hola para mí una de la mejores ciudades que he visto en mi vida, arquitectónicamente es brutal y culturalmente también ( sobre todo musical ). Saludos